Aguafuertes serranas 29/08/2017

El martillero, la escribana y el banco sin baño

Tres horas y media después, cuando el trámite bancario que allí los convocó está a punto de concluir, el martillero y la escribana sienten -al unísono- el irrefrenable deseo de ir baño.

por
Elias El Hage

Están en el Banco Provincia de la sucursal de la Avenida Colón. A las dos y cuarto de la tarde. Agotados por la burocracia de un trámite que todavía no se ha resuelto. El martillero vive en nuestra ciudad. La escribana ha llegado de Buenos Aires al solo efecto de cumplimentar la operación. Pero el torturante papeleo no cesa y la fisiología de ambos parece conectada en simultáneo. Un deseo unánime los asalta. Ir al baño.

El martillero se pone de pie buscando con la vista una puerta, un cartel, algún indicio del paradero del sanitario. No ve nada. Observa, sí, al policía que custodia la sucursal. Se acerca y le dice en voz baja:

-Señor, necesito un baño.

El policía responde en modo automático:

-Negativo. No tenemos baño.

-Pero, señor, ¿cómo no van a tener un baño?

-No. Baño para los clientes no tenemos.

-Es que se trata de una urgencia.

El martillero ha pronunciado esas palabras con la sospecha de que todo será inútil. La cara del policía es un muro de hormigón aplastado por la costumbre.

La escribana no puede creer la novedad: un banco sin baño. El martillero piensa en subirse al auto y regresar a la oficina. Al baño que alivie la urgencia. Pero recuerda que le dio su auto al esposo de la escribana para que, él también, cumplimente otro trámite en otro banco.

Sabe, entonces, que está a pie. Con el trámite a medio terminar y el perentorio reclamo asolando su entrepierna. La escribana, en un toque de feminidad, disimula como puede su propia premura. Pero un rubor contrariado la delata.

-Salgamos -dice el martillero.

Salen por Colón. Hay niebla, chispea. Es invierno y los tilos parecen esqueletos brumosos erguidos sobre el cordón.

-¿Dónde vamos? -pregunta la escribana.

-A buscar un baño -dice el martillero.

Caminan una cuadra y media por la avenida más antigua de la ciudad. En dirección a la estación del ferrocarril. Hasta que ven un mercado. Entran. Una mujer está ordenando las manzanas en el cajón. El martillero se disculpa, explica la situación y pide si por favor le permitiría usar el baño. La mujer descorre una cortina y señala hacia el fondo del inmueble. La escribana primero y el martillero después van al baño. Agradecen el gesto y vuelven por Colón hacia el banco. Media hora más tarde finiquitan el trámite.

El martillero piensa en pedir el Libro de Quejas, en hablar con el gerente, en mandar una carta a los diarios. No puede creer que un banco no disponga de un baño para el público. Recuerda que hace dos meses le había pasado lo mismo pero en la sucursal de Belgrano y 9 de Julio que tampoco tiene baño y al final terminó en el inodoro del Automóvil Club. ¿Será que los bancos le relajan el esfínter? ¿El policía dónde hace sus necesidades? ¿El policía no es, acaso, un tipo del público como él o tiene coronita?

Piensa en las tres opciones: si pide el Libro de Quejas tal vez el papel donde estampe el reclamo sea usado, a tono con la historia, como papel higiénico. Si habla con el gerente, en una de ésas se le vuelan los patos y termina en la comisaría. Entonces escribe una carta al diario digital que lee todos los días. Y cuenta su historia. Su catarsis contra el Banco de la Provincia de Buenos Aires, sucursal Colón, sin inodoro para clientes y público en general.

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