30/11/2019

Aguafuertes tandilenses VOLVER

La definitiva

Nada que tenga la palabra "definitiva" en su título me da confianza. Las cosas "definitivas" no son mis preferidas. Ni "hasta que la muerte nos separe", "para siempre" o "hasta nunca" son expresiones que prefiera en mi pensamiento. Lo mas extensivo que transité en mi vida es la maternidad y el amor al mar como sentimientos perentorios, el resto no es verdad para mí, sin embargo... sin embargo tengo que decir que la depilación definitiva se encuentra dentro de mis inventos preferidos.

Yo con 58, he pasado por la cera fría, la crema depilatoria, la epilady y "las chicas Pañaco". Brutas broncas se agarraba mi viejo cuando le usaba la máquina de afeitar eléctrica - "me la desafilás" - o la Gillette - "avísame que me la usas, así la cambio" - mientras que desatornillaba el cabezal de la maquinita con su cara llena de espuma... pero las Pañaco, las chicas que parecían mellizas pero no lo eran, sobrinas de Betty, también depiladora, atendían sin descanso durante todo el verano en extenso horario de 7 a 22 con el sistema español frente a un ventilador de pie.

Ellas, el mechero y el guante abrazado por una espesa capa de cera que pasaba de pierna en pierna, por decirlo así, purificada por la llama azul.

Sin turno, por orden de llegada, a veces había que esperar más de una hora a cambio de enterarte de todo, todo lo que pasaba en Tandil; ningún medio de difusión manejaba tanta información. En esa época había cosas que se hablaban por lo bajo, detrás de las cortinas de los improvisados boxes, pero que ocurrían igual: violencia familiar, infidelidades, embarazos no deseados con matrimonio de raje...todo oculto, chismeríos quemados en la hoguera del local.

A los quince días se volvía: axilas, pierna entera, cavado y bozo para no parecerse de ninguna manera a la "tía bigote" que todo el mundo tenía y que jamás se percató que la cera de depilar existía y una oscura sombra, cual Frida Kahlo, le coronaba los labios siempre anaranjados de rouge.

Si alguien me hubiera dicho entonces que alguna vez iba a existir la depilación definitiva no lo hubiera creído. Sin dolor, sin olor, solo con la constancia de volver cada mes. ¿El vello no vuelve a crecer jamás? ¿Jamás? Si, jamás, para siempre, hasta que la muerte lo quiera...definitivamente, sin embargo, las diferencias entre aquellas jornadas en el gabinete y éstas, de elegante ambiente, donde el aire acondicionado reina todo el año, haciendo constante una temperatura ideal que permite quitarte más ropa que cuando vas al ginecólogo, son enormes.

En 15 minutos todo concluye, poco tiempo para enterarse de nada. Expuesta en profundidad para el cavado y la tira de cola, una yace poco tiempo en la camilla como para entablar siquiera un diálogo (¿profundo?) con la operadora de la temeraria máquina. El siguiente cliente es un muchacho joven, trato de adivinar qué viene a depilarse...mejor no.

Se acabó para siempre el reino de las Pañaco, territorio femenino por antonomasia al que se recurría a pesar del calor y del dolor como brujas de aquelarre, en una época no muy distante. El recuerdo sólo se va a guardar en el corazón de las chicas cincuentonas como yo que nos maravillamos frente a los avances de la modernidad, aunque nos incomode la infinitud.

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