09/12/2020

Opinion VOLVER

En el Tandil soñado, muchos se quedaron a pie

por
Raúl Escudero

Tres días consecutivos sin transporte público de pasajeros y nadie alza la voz en nombre de los miles de tandilenses que no tienen la suerte de contar con un vehículo propio.

Con la actividad económica funcionando casi en su totalidad, es preocupante que las líneas de colectivos no hayan prestado el servicio durante tres días.

Nadie se preguntó qué pasa con esos cientos de trabajadores de actividades esenciales y no esenciales que debieron cumplir con sus tareas durante estos tres días. ¿Quién los representa? ¿Quién brega por sus derechos?

Estamos hablando de personal de sanidad, seguridad, gastronómicos, empleados de cabañas y hoteles y de tantos otros, algunos de los cuales vienen trabajando desde el inicio de la pandemia y otros que por suerte han podido retomar sus tareas en las últimas semanas.

Quedaron literalmente a pie. O acaso los funcionarios, los concejales, los directivos de la Cámara de Transporte creen que estos asalariados pueden darse el lujo de pagar un taxi o un remís para cumplir con sus obligaciones.

Por supuesto que estas son decisiones que toma el Ejecutivo detrás de un escritorio y cuyos integrantes tienen la suerte de contar con uno o más vehículos. Y qué dijeron los integrantes del Concejo Deliberante, que representan a la totalidad del pueblo tandilense. ¿Qué dijeron los gremios en defensa de sus afiliados?

Pero más allá de los trabajadores, me pregunto qué pasa con aquellas familias que pretendieron disfrutar de las bellezas de su propia ciudad en estos días feriados. Festejamos todos que al fin pudo abrirse el turismo; festejamos todos que se levantaron las restricciones para los domingos.

Pero estamos festejando los beneficios para un sector de la población. Al resto, a la gente de los barrios periféricos, a los olvidados de siempre, les está vedado tan siquiera la posibilidad de disfrutar con su familia de un paseo por los bellísimos lugares públicos.

Celebramos que turistas que llegan desde cientos de kilómetros puedan aprovechar las bondades paisajísticas de nuestra querida ciudad, pero ni siquiera nos preguntamos por qué quienes viven a treinta cuadras del centro les está negada esa posibilidad.

Porque si de lo que se trata es de discutir un servicio que no es rentable, no se puede barrer debajo de la alfombra, ocultando un problema y perjudicando a miles de personas. Porque así como están dadas las cosas, el transporte público de pasajeros de Tandil no le conviene a nadie. A unos porque pierden plata -o no ganan lo que pretenden ganar- y a otros porque pierden sus derechos.

Y en algún momento, alguien se va a tener que hacer cargo de este despropósito.

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